La batalla de la botella.
Tomo un tomo de mi biblioteca, paso los ojos por sus hojas y encuentro un escrito histórico de un escritor histérico, el cual asegura que la batalla de la botella, como queda dicho en dicho libro, se libró. Fue como sigue:
Era, de la era cristiana, el año
1346. Don Sabas Sobos de los Sebos y don Tirso Terso del Torso tenían, respectivamente,
por esposas a doña Catalina y a doña Rosa, siendo Rosa rusa y Catalina catalana.
Ambos eran grandes señores; el uno, de la Cerdaña,
y el otro, de la Cerdeña.
El castillo de don Tirso de alzaba en medio de un llano lleno de
sotos, setos y setas, rodeado de una tapia coronada de burdas bardas de brezo y
broza.
La construcción principal tenía muros romanos y muros moros, con algunas goticas góticas, al menos en las almenas. Daba acceso a la fortaleza, frente al puerto, una puerta de madera madura y muy dura y duradera; puerta que cuidaba el escudero La Parra (Mendo) con su gran porra de hierro y su inseparable perra mastín, y así quedaba muy bien custodiada la puerta sin más que la porra y la perra de La Parra.
Ambos señores y sus huestes estaban
muy aguerridos por sus constantes agarradas, y agarrados al socorrido aforismo
de que la guerra es la guerra y en la guerra a todo hay que echar la garra para
vivir de gorra, se robaban sin cuento, según se cuenta.
Una vez, la voz del pregonero pregonó que en una frecuentada venta tendría lugar la venta de una estufa muy mona de segunda mano propiedad de don Sabas; compróla un desconocido; luego resultó ser para don Tirso, que se negó a pagarla, y al siguiente verano , en Verona, riñeron ambas huestes por la estafa de la estufa.
En otra ocasión, tenía don Tirso, junto al río Cinca, cinco
grandes cuadros de magníficos repollos.
Miranda, capitán de don
Sabas, se lo cuenta a su señor; éste se queda mirando a Miranda, y le ordena que, desde Pinto,
salgan sus gentes al punto, formando dos caravanas, con carabinas, y
arrastrándose como zorros traspasen los cerros, vallas, villas y valles, para
volver con muchos machos y miles de mulos cargados de aquellas alimenticias
plantas y ponerlas a las plantas de su señor.
Así lo hicieron. Enterado don Tirso, a Mendo manda con algunos soldados en persecución de aquellos repillos que le habían robado los repollos.
Mendo dispone que su gente salte una cerca que está allí cerca, que salve una selva y los busque en el bosque; mas de pronto, cesa en su empeño, y, aunque empaña su nombre con el fracaso, retorna al castillo descalzo de un pie.
Se le había caído una albarca en una alberca. A su señor le parece que lo de la albarca es cosa escasa para una excusa, y manda a Mendo al calabozo por calabaza.
Un tercer señor feudal, el conde de Lecha, entiende que tanta lucha es cosa de poca lacha, y por lo sano corta, escribiendo una corta carta a cada uno de los dos rivales, participándoles que tal proceder en gentes de tal estirpe, es torpe, y le intima a apagar la tea de la discordia en una comida íntima con jamón y buenos vinos. Puesta la dirección en cada sobre, dos criados colocan las mantas en dos malos mulos; cada uno monta sobre su manta y de parte de su amo parte a llevar el parte que se le ha confiado.
Don Tirso recibe al criado; mientras su barbero
lo esquila, lee la esquela; se levanta,
y contesta con esta grosería:
Nobles que
jaman jamón
a fin de que
tengan fin
sus luchas,
nobles no son.
Vuestro plan
no me hace plin.
Don Sabas lee la carta, escrita en tonto, en
tanto su peluquero le pule el pelo, y contesta con esta otra chufla:
Resulta de
azúcar cande
vuestra carta,
señor conde;
no tolero que
me mande
ni la voluntad
me monde;
en su
consecuencia, vea
de tirar por
otra vía,
y eso de
apagar la tea,
contádselo a
vuestra tía.
Porque estoy algo enfermo de coriza,
hoy no puedo ponerme la coraza;
así que bueno esté, cojo la coraza
con el casco y os casco una paliza.
Los tres nobles quedaron de monos, y tenían que venir a las manos; el caso no era para menos.
Don Tirso y don
Sabas comprendieron que el conde sanaría en breve, y siendo tan bravo,
los pondría como una breva.
El mismo día, a la misma hora, el pinche Pancho y el heraldo Aroldo, con sendas cartas y por sendas distantes y distintas, marchaban en busca del conde; sus amos bajaban los humos y se daban prisa a escribir en prosa, diciendo que se sometían y pedían perdón.
Para hacer las paces, don Tirso regaló a don Sabas gran cantidad de
meros de sus mares; don Sabas correspondió
con salmonetes de las mejores castas de sus costas.
Por esta vez sellaron las paces con
peces.
Además, don Tirso convidó a comer a su rival, esposa e hijas Lucía y Blasa. Los cuatro llegaron a Cerdeña en una corbeta y atracaron al muelle con dos chalupas tripuladas por chulapos.
Don Sabas Presentóse de etiqueta, pero sin
corbata; pues dejóla olvidada en la corbeta. Su
esposa, de falda y cuerpo con festones, que sólo se ponía para festines.
Blasa, de blusa. Lucía
lucía un brillante roca muy rico. Doña Rosa,
de raso, y don Tirso, calzón de lona, cuerpo de lana y camisa de lino.
El convite fue espléndido: angulas y anguilas, fritos y frutas, pastas y pistos, tortas y tartas, etc., etc., y para agua de mesa, agua del Mosa.
Durante la comida tocaron la flauta
dos jóvenes muy narigudos; otros dos, muy chatos bailaron chotis, y una muchacha
muy machucha, la matchicha.
Para cantar pensaron en llevar un coro de curas; pero desistieron, pues los coros de curas son coros caros.
Levantados los manteles, pidieron los dados, y con los dados en los dedos sorprendióles el toque de queda, hora en que todo queda suspendido; al oír el toque, doña Catalina se puso la toca, y con sus hijas y esposo regresó a la Cerdaña.
Mas, ¿por qué al despedirse don Sabas, la espada se ciñó con torvo ceño? Porque habían encontrado el pan duro como un pandero; porque cuando tomaron té, en el fondo de la taza hallaron tiza; la ensalada de berro tenía barro; y no fue eso lo peor: era espesa la esposa de don Tirso, y no dio importancia a que dentro de la sopera cayera un sapo, y -¡es claro!- a don Sabas y familia, a sapo les supo la sopa.
También don Tirso pilló una rabieta. Cabello, el jefe de su mesnada, le dio parte de que don Sabas le había robado una botella de ron del Rhin; doña Catalina, una copa de bronce, y aunque era de gran tamaño, bajo la capa le cupo la copa; por último, las chicas eran unas frescas: le habían limpiado unos frascos.
Don Tirso perdonó a la madre y a las hijas, mas
no lo de la botella, y de qué modo quemado quedaría, que gritó:
-¡Cabello a caballo!
Sale con sus hombres de armas a la campiña, dispuesto para la campaña. El tiempo convida; están en el mes de agosto y puede lucharse, a gusto. Encuentra a don Sabas cerca de Ateca, y le ataca.
A las riendas asidos, de calor asados, cada cual pone la lanza en ristre y se tapa el rostro: las riendas cobra, su cuerpo cubre y salta como una cabra; destroza con destreza y lanza su lanza, que donde se mete mata.
¿Quién lo había de decir? Aquel célebre convite acabó en un combate.
Los Sobos
de los Sebos y los Terso del Torso desaparecieron
para siempre. Por causa de los robos, no quedaron ni los rabos.
Cuento publicado en el semanario BLANCO Y NEGRO MADRID 12-02-1915; curiosamente, sin ilustraciones.
Incluido en su libro 'A reirse tocan'. Guasa, chunga y regocijo'. (1920)


















