EL BANQUETE EPIDÉMICO
OLEGARIO Percebea estrenó anoche su primera obra en un teatro de Madrid;
ensayo de boceto de comedia, en un acto, titulado Languideces, que pasó
dejándose los pelos en la gatera. Son las once. Percebea, sentado en la cama,
lee las críticas que los diarios dedican a su obra. Desea hablar con él un
periodista llamado Farsalio Farándulez, según reza la tarjeta que éste ha
entregado a la criada. Percebea se viste en un periquete y recibe a don
Farsalio Farándulez, el cual se expresa así:
-Vengo a felicitarle por el éxito de su primera producción teatral y a
rogarle que acepte el banquete con que deseamos obsequiarle sus admiradores.
-Caballero, el éxito de mi obra no fué definitivo.
-Por eso precisamente se impone el banquete; los éxitos rotundos no
necesitan ser banqueteados.
-Y no creo tener admirador alguno.
-Yo soy uno de ellos, y acabo de encabezar con mi nombre la lista de los
que desean dar a usted un banquete.
-Mucho se lo agradezco; pero corre usted el riesgo de quedarse solo.
-Veo que es usted principiante. Yo le aseguro que seremos sesenta, lo
menos. Se lo dice a usted un técnico en la materia.
-¿Un técnico?
-Sí, señor; yo me dedico a iniciar y organizar banquetes; ésta es mi
profesión, y no tengo por qué ocultarla: un torerillo que por casualidad da una
estocada en su sitio; un don Nadie, que ha sido proclamado concejal; un autor
que acaba de estrenar un entremés en el salón teatro de las Medias Suelas; en
fin, toda persona que se encuentra en un momento propicio para agrandar su
notoriedad, recibe mi visita y la proposición de un banquete, si es que no he
sido llamado para ello.
-¿También organiza usted banquetes por encargo?
-Ya lo creo; mir usted: ¡hará unos veinticinco años, una alta personalidad
política anunció su visita a Zaragoza. El gobernador civil se creyó obligado a obsequiar
al forastero con un banquete popular de trescientos cubiertos; mandó extender
las trescientas papeletas, y viendo que sólo podía colocar ciento y pico entre
los empleados del Estado, fuí llamado por telégrafo a la ciudad de los Sitios,
donde saqué del apuro al gobernador.
-¿Colocó usted las papeletas restantes?
-Sí, señor secundado por el inspector de Policía, las coloqué entre las
casas de juego, otras casas especiales y el presidio de San José.
-¿A los empleados del presidio?
-No, señor; en las penitenciarías, a los reclusos que observan buena
conducta, se les suele dejar salir de paseo algunas noches. Pues bien; a todos
estos presidiarios se les obligó a
comprar papeleta para el banquete y figurar como correligionarios del gran
político, al cual vitorearon a la entrada y salida del banquete y le
interrumpieron el discurso con bravo s y aplausos delirantes, conforme se les
había aleccionado.
-EI gobernador abonaría a usted buena cantidad por tan señalado servicio…
-No; yo no cobro nada ni del banqueteado ni de quien me encarga la
organización de un banquete, sino del fondista, al cual se lo encargo a cambio
de un tanto por ciento por la comisión.
-Bien; pero en este caso mío no podemos contar con empleados del Estado, ni
con las casas de juego, ni con los presidiarios.
-Ni hacen falta; con la lista, encabezada por mi, me presento en el
teatro donde usted acaba de estrenar, y tenga la seguridad de que el
empresario, los artistas de la compañía y los empleados del teatro se
apuntarán; y con los parientes, de usted, y sus amigos íntimos, y algún otro
que caiga, ya tenemos los sesenta.
-Francamente, señor de Farándulez, me causa cierto rubor aceptar un
homenaje amañado.
-Acéptelo y no sea usted primo. ¿Acaso cree usted que cuantos banquetes
se dan son espontáneos? Nada de eso. Hace poco, por encargo de un empresario,
inicié y organicé un banquete de doscientos cubiertos para festejar a un músico
compositor por el éxito de una zarzuela en un acto. Durante la comida, los
admiradores de aquel maestro se daban de codo y murmuraban por lo bajo: “No ha
puesto ni una nota suya”. “Todo es música adaptada.” “ No ha hecho sino
variar el ritmo de una tarantela muy popular en Italia”. Sin embargo, se
vitoreó al adaptador, y éste se levantó emocionado a brindar por la música
española. Pues no le digo nada de autores banqueteados por obras arañadas y
dadas como originales; y de otros banquetes que yo organicé para tenderos
enriquecidos con el fraude y recién proclamados administradores de los fondos
del Municipio, o para políticos desacreditados, a fin de pregonar una
popularidad de la cual carecían. En casi todos los banquetes, desde la persona
festejada hasta el último de los comensales y hasta los camareros que sirven la
mesa, tienen la convicción de que están representando una farsa ridícula; una
pequeña parte del público se sonríe de estos homenajes a la vinagreta; pero
queda una gran mayoría que todavía comulga con vigas de cemento armado, y al
leer el periódico detiene su vista ante el fotograbado de una mesa rodeada de
señores mirando a la máquina fotográfica, y por el número y pelaje de éstos
deduce el mérito del banqueteado.
-No sé si aceptar...
-Anímese. Pondremos el cubierto a seis pesetas.
-¡Tan barato¡
-Sí, porque hay en todas partes, y en Madrid sobre todo, gran número de
desocupados que, por curiosidad, se apuntan a todos los banquetes si el
cubierto no pasa de seis pesetillas.
-Me extraña.
-Conozco muchas personas que por la mañana van a un banquete republicano;
por la tarde, a uno alfonsino, y por la noche, a uno jaimista. No hace mucho,
en el Ateneo de una capital de provincia, un personaje político dio una
conferencia a favor de la autonomía: a los pocos días, otro político dio otra
conferencia en contra; pues bien, los mismos admiradores que aplaudieron y
banquetearon al primero, aplaudieron y banquetearon al segundo. De modo que,
contando con estos cerebros de pájaro, espero que los admiradores de usted
pasaremos de ciento. Yo buscare persona encargada de ofrecer el banquete y de
ensalzarle a usted con tales encomiásticos ditirambos, que Moliere y
Shakespeare queden hechos dos zapatillas de orillo. Usted vaya embotellando el
discurso de agradecimiento por el inmerecido y espontáneo homenaje con que le
honraremos, y brindará usted por el resurgimiento de la dramática española, a
la cual piensa dedicar todas sus energías intelectuales.
-¿Y en qué fonda se celebrará el banquete?
-Ah, todavía no lo sé, le soy franco; yo todo banquete lo encargo a la
fonda donde me ofrecen mayor cantidad por la comisión. No le extrañe, pues vivo
de eso.
-Percibiendo usted esa cantidad, en vez de un cubierto de seis pesetas,
nos lo largarán de cuatro.
-O de tres, o de dos; pero eso es lo de menos; lo importante es que al
día siguiente, en la Prensa, leamos que ha sido usted banqueteado por sus
muchos admiradores.
Los que necesitéis engañar al
público; los que vivís de la farsa; los que os sentís reyes, ciñéndoos coronas
de cartón doradas con purpurina, sabed que en Madrid habita don Farsalio
Farándulez, iniciador y organizador de banquetes, y que en cualquier fonda os
darán las señas de su domicilio.
Por MELITÓN GONZÁLEZ
DIBUJO DE TITO
Publicado en el semanario BLANCO Y NEGRO MADRID 23-03-1919 página 29

