TORERÍAS
Señor Director de LA VANGUARDIA.
Estimado amigo; no habrá usted olvidado
que en el mes de agosto último estuve en Sevilla.
— Articulejo de toreros tenemos — diría usted
al saber que me dirigía á la ciudad del Pontificado taurino.
Eso me dije yo también; y créame que
por no haberlo hecho antes tengo sobre mi conciencia el peso de una deuda
contraída.
Perdónenme los lectores de ese periódico y usted la demora en asunto tan interesante, y perdónenme la intranquilidad en que les he tenido sin hablarles en tanto tiempo de «El Tipa» «El Cascarrias» y «El Colillero».
Pensé visitar la Universidad taurina
donde, según me habían dicho, se daban lecciones de tauromaquia á los que
preferían quedar secos de una cornada antes que trabajar en el honroso oficio
de sus padres.
Dicha Universidad existe. Edificio es
lo que le falta.
Las lecciones teóricas se dan en los sitios públicos.
La calle de las Sierpes es una de las
mejores aulas. En esta calle los chulos se enseñan á andarse con salero,
sacando los codos á los costados, para que resulten los brazos arqueados; se
aprende el modo de coger la colilla del cigarro, escupir por el colmillo y expresarse
en términos científicos.
Todo el que es torero, lo haya sido,
pretenda serlo ó se las eche de inteligente, no puede acostarse tranquilo sin
dar una vueltecita por la calle de las Sierpes y enterarse de la cotización
taurina del día.
Mientras estuve en esta bendita tierra
no oí hablar más que de toros.
—¡Fulano! ¿se sabe algo del Puerto?
—Espartero superior; Lagartijo mal,
Guerrita mal, la presidencia mal, el tiempo malo.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Don Miguel.
Estos diálogos de café terminan levantándose el parroquiano preguntón para ir al casino militar ó al mercantil en busca de el don Miguel de referencia.
Don Miguel, con un telegrama en la
mano, recorre las mesas de todos los casinos cafés y cafetines llevando la
buena nueva y mostrando orgulloso el papelito azul.
¡Loor á los apóstoles de la
Tauromelonía!
Allá vá echando los bofes, sudando como
un botijo, corre que te corre de una á otra mesa; de un café a otro.
—¡Don Miguel! ¿Hay noticias?
—¡Espartero tres de dos!
—¿Y Cara?
—Dos de seis.
—¿Y Mazzantini?
—Orejas inmensas, ovaciones dos; digo, no; al revés; orejas dos, ovaciones inmensas.
Y don Miguel sale corriendo después de tropezar
con el mozo, derribar un velador y enredarse en la coleta de un mataor
retirado.
Si voy á la fonda, tomo el almuerzo mientras
los de al lado y los de enfrente hablan de Reverter ó de Bonarillo.
Tomo café con toros; chocolate con
toreros, y en la peluquería me preguntan si me voy a dejar la coleta.
—Esa es una enseña honrosa que no
merezco,— contesté—además no poseo el difícil arte de la tauromaquia.
—No le hace; aquí en Sevilla llevan
coleta muchos que no han pisado el redondel en su vida. Se la dejan por
presumir y por echarse novia más fácilmente. Aquí viene todos los domingos un
barrendero del Ayuntamiento y le pongo coleta postiza.
—¿Coleta postiza?
—Sí señor; se pone muy bien, con una goma
ó con una tachuela, según la dureza del testuz.
—¿De modo que no son toreros todos esos
que andan por la calle de las Sierpes á lo bailarín de teatro?
—Todos no. Hay muchos imitados.
Mientras el oficial de peluquero se
esplica así, el dueño lee en alta voz la revista de toros de Jerez de la
Frontera; en la puerta oigo á dos niños en compota citarse para una
tienta; y, á través de las vidrieras, reflejados en el espejo, veo los ademanes
y gestos de unos semichulapos semipersonas que, seguramente, hablan de alguna
corrida.
El que parece tener la palabra, pasa de capa á su paciente compañero; le pone un par ó dos al quiebro; le da unos pases derribando al suelo una copa de marrasquino; lía, se tira y... estiende las manos en alto.
Supongo que habrá dicho ¡Er delirio!
No hay escaparate, aun cuando sea de almacen de guano, que no tenga fotografías
de toreros, desde El Costra y «El Mundo de la carreteria» que todavía no tienen
traje de lidia, hasta el acaudalado mataor de cartel que á guisa de
gorila domesticado se sienta en la mesa del Excmo. señor Marqués de Pococutis.
Haciendo parejas con ellos están la
Macarrona, la Tal y la Cual.
Mientras contemplo extasiado las
inteligentes fisonomías de los toreros, sus ángulos faciales de 7º y sus
monstruosos pabellones auriculares, veo que la gente corre y se arremolina.
Corro yo también; me acerco á un gran grupo.
En el centro está don Miguel con otro papelito azul y dice en alta voz.
«Santander-seis-tarde-Espartero sacado
á lomo tres de dos-ovación-Salvada España.»
¡Qué dolor de pueblo tan inteligente y tan
vivo atrofiado por la tauromelonía!
MELITÓN GONZÁLEZ. Dibujos del mismo.
Publicado en el diario LA VANGUARDIA de
Barcelona, 11 de febrero de 1892.






