AFRICANISTAS
ESTAMOS mejor que queremos.
Al coleccionar personal para laembajada que ha de ir á pasarle la cuenta al Sultán, lejos de faltar africanistas, como le hubiese ocurrido
á cualquiera nación menos feliz que la nuestra, aquí han surgido á borbotones
como las moscas en verano.
Sensible ha sido, en verdad, que el respetable padre Lerchundi no haya formado parte de la embajada, pero este
contratiempo se ha podido subsanar gracias al gran número de africanistas que han aparecido de
improviso en el Veloz - Club y La Peña, en la platea del Real y en la puerta
de las Calatravas.
Ventajas de lo poco escrupulosos que
somos en prodigar el título de africanista.
Para tener opción á él, basta con muy poco.
Pasear por el Campo del Moro en Madrid, entrar en el Taller del Moro en Toledo, pasar por la calle de la Morería en
Zaragoza y visitar el célebre moro del órgano en Barcelona.
Y si quieren evitarse gastos y
molestias de viaje, basta con ir á coger moras por los zarzales.
En la primera quincena de Enero, un periódico
armaba africanista á un sietemesino
de canto dorado, madrileño é inútil para todo lo que no sea tallar al treinta
y cuarenta ó correr en bicicleta.
Leí
que el punto en cuestión había hecho por África excursiones
peligrosísimas; se le llamaba «gran conocedor de las costumbres marroquíes,
ilustre geógrafo,» y por poco me lo hacen primo carnal de Muley Hassan.
Ni que decir tiene que el escritor
bombeante es un amigo del sujeto.
Amigote de los de café y copa.
La fija es que el africanista en cuestión tuvo que salir de Madrid, por primera vez
en su vida, para ir á Cádiz á un asunto de familia. Ya en Cádiz, se fué,
con unos amigos, de juerga á Gibraltar, y, en este punto, organizaron una
expedición á Tánger sin más objeto que el de cazar codornices, á lo cual se
dedicaron cosa de una semana y regresaron á la madre patria.
Pues ahí le tienen ustedes aceptando el
título de africanista y quejándose del gobierno por permitir en la embajada
personas menos africanistas que el
cazador de codornices.
Los que tratamos de cerca á estos africanistas de pega, sentimos honda
pena viendo cómo se fabrican pedestales de cartón, imitando mármol, para
sostenimiento de gente vividora y poco escrupulosa .
Dentro del título de africanista, con buena voluntad, caben
todos los que han pisado tierra africana; desde el expedicionario que lo
atravesó por el Desierto y Hotentocia hasta el Cabo de Buena Esperanza, hasta
el soldado reservista que no hizo más que asomar las narices en Melilla y
volverse á Málaga.
Desde Stanley hasta Camisón hay una
inmensidad , considerados como africanistas
, se entiende.
Lo de africanista acabará por ser una carrera pagada por el Estado.
Ingeniero africanista, podía
llamarse. Y que suena bien.
Hoy se sigue por pura afición y con los
recursos que cada cual puede proporcionarse.
Para los primeros pasos conviene
hacerse con unas babuchas de moro y andar con ellas por dentro de casa. Al
propio tiempo se comerán higos chumbos á todo pasto. Hay que darse una vuelta
por el Rastro y comprar alguna espingarda vieja y algo que parezca chilaba ó
jai- que marroquí para una panoplia en el despacho.
-Este es africanista, dicen los visitantes. Pero no, no son más que
estudios preparatorios para el africanato.
A éstos, siguen los estudios
superiores del bachiller en africanerías.
Se adquieren yendo á Ceuta y Melilla,
cosa fácil, al alcance de cualquiera.
Allí hay que estar una semana ó dos, aprender
unas palabras en moro, mientras se pasa el tiempo echando unas carambolas en
el casino.
Si después de tantos peligros logra el
estudioso viajante volver á Madrid, bueno será que, en vez de sombrero, se
traiga un salacó.
El salacó
es la prenda de los expedicionarios célebres.
Sin salacó
no hay africanista posible, y,
muchas veces, el africanista queda
constituído por el solo hecho de llevar salacó.
Como que muchos salacós de los que
figuran en los escaparates de las sombrererías saben más de África que algunos
que se las están dando de africanistas
en la ocasión presente.
Respetemos á los que realmente se han
internado y han pasado grandes peligros sin llegar á la Andalucía africana.
Hay una Andalucía á la que suelen
llegar algunos expedicionarios de viaje corto.
Se les conoce que llegaron á ella, en
el ceceo y en las cosas que suelen contar.
Ocho días sin comer más que arena del desierto
ni beber otra cosa que viento huracanado.
Una terrible pantera sorprendió el
sueño de los expedicionario , y antes de que se pudiera despertar se tragó la
pierna de un criado.
Spotringen, jefe de la expedición,
pegó á la pantera cuatro patadas en la tripa y le hizo devolver lo que no era
suyo.
El criado volvió á Europa con la pierna
perfectamente curada y como si tal cosa no hubiese sucedido.
La pierna devuelta por la pantera se
pegó á su dueño gracias al uso de la grasa de lagarto rojo, única
sustancia que tiene la propiedad de pegar miembros humanos.
La grasa de lagarto rojo es á los
miembros humanos lo que la cola de carpintero es á la madera.
Son muchas las cosas extraordinarias
descubiertas además del lagarto rojo.
Suele haber casi siempre alguna papilio
zumbirumbis de Linneo, mariposa que á los pocos días de tratada habla como
las personas y alterna en sociedad.
Unos cuantos pedruscos y hierbas secas, y un tarrito lleno de guano procedente del excremento de mosquito ecuatorial.
Pero estos africanistas científicos llevan otras miras; esta es la verdad.
Los africanistas
de pega, subafricanistas y tal vez microafricanistas, que
cualquier cosa se les puede llama , no pasan de cazadores de codornices en
Tánger y ... pescadores de lo que buenamente se puede en Madrid.
MELITÓN GONZÁLEZ
Publicado en ‘LA VELADA’, semanario ilustrado. Año
III, Número 90, 17-feb-1894
[Durante la «Guerra de Margallo» o
Primera Guerra del Rif, o Segunda guerra de Melilla; una campaña de las
guerras de España en Marruecos que tuvo lugar entre 1893 y 1894. En este caso,
la lucha no fue contra el sultanato de Marruecos, como había sucedido 34 años
antes en la llamada guerra de África de 1859 a 1860, sino contra las tribus o cabilas
que rodeaban Melilla.]




