EL ENCARGADO DE DESMAYARSE
Por MELITÓN GONZÁLEZ
BLANCO Y NEGRO MADRID 01-04-1917 página 26
DICEN que hubo un primer actor y director de cierta compañía dramática, en cuyo repertorio solamente figuraban La Necrópolis, Muerte lenta, El ajusticiado y otras obras similares.
Quiere decir que cultivaba el género mortuorio, de gori gori, macabro ó de Réquiem. La gente de escenario, socarrona y punzante, inventó que en la taquilla del teatro se hacía el descuento de un 25 por 100 en el precio de las localidades á todo espectador que se presentara vestido de luto riguroso.
También aseguraban que en el equipaje del referido actor había un cesto de mimbre, cilíndrico, de metro y pico de alto, donde transportaba un esqueleto humano, auténtico, con objeto de exhibirlo en la obra- predilecta, que solía representar para su beneficio; y añadían que el mejor regalo que podía hacérsele y más agradecía era una corona de siemprevivas.
Colgábanle también que en una capital de provincias, para anunciar el estreno de El hombre que asesinó, buscó á un desgraciado harapiento, le colocó esposas y grilletes, le ató con una cuerda, púsole en la espalda un cartel en que se leía: El hombre que asesinó, y, conducido por dos cómicos vestidos de guardias civiles, lo paseó por toda la población.
Todo esto, naturalmente, se decía en broma pero hubo quien aseguraba que, cuando al fúnebre actor no le parecía suficiente la emoción producida por él en el público, telegrafiaba á un íntimo amigo suyo, de toda su confianza, residente en Madrid, diciéndole: “Conviene estés aquí tal día.”
El amigo tomaba el tren y para la fecha fijada estaba en la población donde actuaba la compañía negra pero se metía en la fonda, de donde no salía hasta la hora de la función; tomaba su butaca en la taquilla como completamente desconocido y ajeno á la compañía, sentábase en su localidad y en el momento más tétrico y conmovedor del drama se desmayaba. Producíase en el público el revuelo consiguiente.
Entre dos ó tres acomodadores sacaban al accidentado y lo conducían á la Contaduría, donde uno le rociaba la cara con agua, otro le procuraba más aire respirable con un fuelle, y el médico de la empresa le aplicaba el frasco del éter á las narices.
Volvía en sí y, después de dar las
gracias por los cuidados tenidos con él, decía á los curiosos espectadores, que
en torno suyo se habían reunido: “No es nada ya se me va pasando; la emoción;
nada más que la emoción. Parece mentira, yo, que he visto trabajar á los
mejores trágicos de Europa; que los he visto morir en escena imitando toda clase
de muertes, desde el intoxicado con estricnina hasta el reblandecido de la médula,
y ninguno, señores, ninguno me ha producido tan grande emoción; y cuidado que
yo soy fuerte y despreocupado; pero ¿quién no se entrega ante una ejecución tan
maravillosa? ¡Qué perfección! Cuánta verdad! No he visto cosa igual. Ese hombre
es un actor eminentísimo; pero que me perdone, yo no vuelvo á verle. Señores
Antonio Mazarambroz, corresponsal literario del Ketemplumen Zeitung, de
Berlín; del The Inglis New, de Londres, y de IlCorriere del Sámedi,
de Milán... servidor de ustedes.”
Cumplida su misión, el amigo encargado de
desmayarse escondíase en la fonda y en el primer tren regresaba á la corte, sin
que nadie le hubiera visto cruzar palabra con el primer actor y director de la
compañía dramática. Al día siguiente, la Prensa local comentaba lo del desmayo; los
corresponsales lo telegrafiaban á los diarios de Madrid, y, con todo esto, el
eminente funerario conseguía el anhelado bombo.
¿Que todo esto eran invenciones de la guasona gente de teatro? Conformes; pero que ese amigo encargado de desmayarse existe, no lo duden ustedes.
Lo tiene la mayoría de las personas que viven del público. El político que discursea cuenta entre el auditorio con unos cuantos estómagos bien nutridos por él; son los amigos encargados de desmayarse de entusiasmo, de interrumpirle con bravos y de dar, al final del discurso, los “vivas” convenidos.
Cada primer actor y cada primera actriz tienen su amigo encargado de desmayarse, como lo tuvo, según cuentan, el actor necrodúlico de marras. No hay maestro músico, ya compositor, ya raptador, que no tenga adosado su amigo admirador incondicional encargado de exclamar ¡ah! y desmayarse ante la audición de un chotis elaborado por su admirado maestro.
Pocos son los autores que no disponen de un inseparable amigo encargado de desmayarse cuando su admirado autor lee una obra. Y estos amigos encargados de desmayarse son los iniciadores de los banquetes con que se rinde homenaje de admiración á políticos, artistas, músicos y autores; banquetes que, moralmente, no los inician los admiradores admiradores, sino los mismos banqueteados, porque el amigo encargado de desmayarse empieza su tarea diciéndole al del homenaje: “Hemos pensado darte un banquete. ¿Qué te parece?”
Donde dijo “hemos” debió decir “he”. Y si al interesado le parece bien, que casi siempre le parece, se trabaja lo del banquete por convenio previo del admirado y del amigo encargado de desmayarse, el cual, armado de papel y lápiz, corretea círculos de amigos comprometiendo adhesiones.
Dije “casi siempre” y no “siempre” porque no falta quien se haya percatado de cuánto los banquetes de homenaje vienen desacreditándose.
Tanto hemos festejado con ellos á despreciables traficantes políticos, compositores músicos á base de trabuco y tirapié y á eminentes percebes dramáticos, que será preciso ir pensando en si el ofrecimiento de un banquete sigue siendo un honor ó ha degenerado en vilipendio por obra y gracia del amigo encargado de desmayarse, alma máter de todos esos banquetes tan de continuo reproducidos en los periódicos ilustrados, y entre cuyas cabezas alineadas distinguimos la del festejado porque se trazó sobre ella una crucecita indicadora.
Lástima que no se tenga igual previsión poniendo otra crucecita algo mayor sobre la cabeza del amigo encargado de desmayarse, es decir, de organizar el banquete, moralmente, por iniciativa del mismo banqueteado.
A juzgar por las noticias de la Prensa
de Madrid y de provincias, podemos sin exageración calcular que damos un
banquete á un hombre eminente ó admirable cada día, término medio; es decir,
que vienen á ser unos 365 superhombres los que le salen anualmente á esta
dichosa España, y de ello debemos felicitarnos los buenos patriotas; también se
felicitan los grandes hoteles, donde se prepara la salsa parda por tinajas y la
bechamela -vulgo, engrudo- -por toneladas; y mucho más los padres de familia,
porque esa profusión de banquetes demuestra que el encarecimiento de las
subsistencias es una gran mentira.
MELITÓN GONZÁLEZ
DIBUJOS DE MEDINA VERA