A REIRSE TOCAN
Lector:
Ahí van unas cuantas páginas, producto de mi buen humor. Con ellas
pretendo hacerte reir honestamente. Éste es el mayor beneficio que puedo
procurarte, y el que tú, estimado lector, debes desear.
Si notas que alguna de mis chuflas te invita a la risa, no la contengas:
ríe con toda la fuerza de tus pulmones y mandíbulas, ya que solamente al hombre
le es dado el reírse, y en esto se diferencia de los animales.
He de advertirte, sin embargo, que no todos los hombres ríen: la risa
franca y espontánea es patrimonio del hombre ilustrado y de buenos sentimientos;
el inculto no ríe, porque su inteligencia no está lo suficientemente educada para
distinguir lo natural de lo extraordinario; pues esto es lo que determina, en
general, el chiste.
Tampoco ríe el perverso, porque su alma está envenenada de maldad. No te
fíes de persona alguna que, al oirte un donaire ingenioso y de buena ley, en
vez de reir, arruga el ceño y te mira de reojo, como si le hubieras insultado. Desconfía
un tanto de las personas que reducen su risa a un ligero fruncimiento de
labios, o que ríen en i: ¡Ji, ji,
ji!
Tiende tu mano amistosa a quienes ríen en a: iJa, ja, ja!, y
concédeles a cierra ojos tu confianza, si al reir se les zarandea el abdomen, se
ponen las manos en el — vulgo reírse las tripas — o tienen que oprimirse
los ijares.
Así, pues, ríe, que con la risa demostrarás cultura y bondad, si la risa
no es producida por una pampirulada, y obtendrás el mejor de los medicamentos
preventivos contra toda enfermedad del cuerpo y del espíritu.
Salud, pesetas y risa te desea tu afectísimo servidor, q. e. t. m.,
MELITÓN GONZÁLEZ
Del prólogo al libro de Pablo Parellada "A reirse tocan. Guasa chunga y regocijo" (1920)