LA MEDALLA DEL PAN TIERNO
Por MELITÓN GONZÁLEZ
Publicado en BLANCO
Y NEGRO MADRID 05-05-1918 página 22
No hay que confundir el Pantierno con Pancorbo, pueblo de la provincia de
Burgos, ni con el Pancrudo, rio de la provincia de Teruel.
Quien sepa estudiar mapas verá que en el de España tenemos el rio
Pantierno. Nace este pequeño rio en la vertiente Norte de la Sierra de Búscala,
cerca de un pueblo denominado Cucos, provincia de Cucanda, y va a desembocar en
el Guadalmorapio, a 20 kilómetros agua abajo de Puebla de Vivos, y a 15
kilómetros agua arriba de Alcalá de los Frescales.
Todos los años se celebran en Cucos grandes fiestas en honor de su
patrón, San Caracandiles.
En el año 1904 de la era en que actualmente trillamos nuestras
existencias, presentáronse dificultades muy serias para poder celebrar la
mencionada fiesta, pues la cosecha había sido muy escasa en el valle de
Pantierno; los fondos del Ayuntamiento eran negativos, y los mayores
contribuyentes del pueblo se negaban a rascarse el bolsillo.
Pero, afortunadamente, estaba de secretario de aquella Alcaldía un tal Perico
Manguela, hombre dispuesto y aprovechado de los que cortan un pelo en el aire,
afeitan un huevo de gallina y sacan leche de una alcuza vacía; era, además,
gran jugador de mus, y tan maestro en el barajar, que los ases y los reyes iban
donde su fullería tenía por conveniente.
Y como ni a cuco ni a fullero le ganaba a Perico Manguela vecino alguno
de Cucos, a él se le confió la difícil misión de encontrar un medio que
proporcionase al pueblo fondos con que sufragar los gastos de las fiestas de
aquel año.
Encerróse Manguela en su casa, y en pocas horas pergeñó la siguiente
memoria:
“Es un hecho irrefutable que, doscientos veinticuatro años antes de
Jesucristo, España estaba dominada por los cartagineses, al mando de Berro,
sobrino de Aníbal.
“El emperador romano Tulio Servio Merluzo, irritado contra Cartago,
organizó un ejército para batir a los cartagineses en nuestro suelo; ejército
que, al mando del suculento general Apio Mustio, con una rapidez inconcebible,
salió de Roma, se entró por la Palinodia, conquistó la Poligamia, atravesó las
extensas llanuras de la Panacea y estableció su campamento en unas alturas al
Este del rio Pantierno.
“Berro, sabedor de la llegada del enemigo, marchó a su encuentro con otro
ejército y acampó al Oeste del mismo río.
“Eslabón, Pamplinias, Taraville des Barquillers y muchos historiadores
más convienen en que los ejércitos de Berro y de Apio Mustio libraron batalla,
partiendo de sus respectivos campamentos equidistantes del Pantierno, y,
basándonos en que el general romano pereció ahogado en el citado río (La
guerra universale, di Ammedeo Spartivento) este hecho de armas, al que la
Historia no ha dado nombre especial, debe llamarse “Batalla del Pantierno”
nombre glorioso, merecedor de quedar grabado en nuestra mente y en la de las
generaciones venideras, puesto que los españoles vencieron al ejército romano y
éste se rindió sin condiciones.
“Por lo tanto, este Ayuntamiento, en nombre de todos los vecinos del
pueblo de Cucos, suplica a los Poderes públicos le sea concedido el permiso
para acuñar la Medalla del Pantierno, a fin de que perdure el recuerdo
de la victoriosa batalla del mismo nombre y, a la vez, que se autorice el uso
de la referida medalla a toda persona que desee adquirirla.”
Una comisión de varios cuquenses,
capitaneados por don Lino Pringado, diputado por Cucos, marchó a Madrid con la
memoria de Perico Manguela, escrita en cartulina y encerrada en elegante
cartapacio atado con cintas de colores nacionales.
-Yo, señores- -les dijo el
ministro- puedo asegurarles que estoy perfectamente enterado, hasta los menores
detalles, de cuanto ocurrió en esa batalla, por ser uno de los hechos más
gloriosos que encierra la historia de España, y, desde hace mucho tiempo, el
actual Gobierno no piensa en otra cosa, ni se preocupa de más problema que el
de encontrar un me dio con el cual se perpetúe un hecho tan admirable,
trascendental y glorioso como el de la batalla del Pantierno; y, como ustedes
me traen la solución, yo, en este asunto, no he de ser el ministro, sino un
cuquense más, y sólo me resta darles las más expresivas gracias y la seguridad
absoluta de que sus justas y patrióticas peticiones serán atendidas y
aprobadas.
Nadie se molestó en indagar si los hechos consignados en la memoria eran
verídicos, amañados o inventados por el trápala de Perico Manguela. Bien
mirado, lo mismo daba que Berro hubiese vencido a Apio Mustio, o que éste al
otro; y si tal batalla no había ocurrido, nada se perdía en darla como
ocurrida; así quedaban: complaciente, el gobierno; servido, el diputado por
Cucos, y complacidos los cuquenses; e tutti contenti.
Entre los modelos presentados para la medalla se aceptó uno muy
artístico. En un lado, la fecha de la acuñación, debajo del escudo de Cucos. En
el otro, el casco de Berro sobre dos espadas cruzadas, y alrededor esta
inscripción: * PANlSTENER * ERGO *
MENDERGO * CHURRIFANDANGUIS *.
Se acuñaron medallas de oro, de plata y de cobre; es decir, de primera,
segunda y tercera clase, y se las colgó de cintas de colores rutilantes, de
modo que el conjunto formaba un pandatif muy decorativo.
Se imprimió y repartió con profusión una circular, en la que se invitaba
a la adquisición de la medalla del Pantierno, previo el pago de 150 pesetas la
de oro, 15 la de plata y cuatro la de cobre. Y con el correspondiente diploma
fueron compradas por miles de personas, excepción hecha del diputado protector
de Cucos, al cual se le adjudicó de gorra la medalla de primera clase.
El éxito fué completo. Con los rendimientos de la medalla celebraron
aquel año en Cucos, en honor de San Caracandiles, unas fiestas como jamás se
habían conocido. La venta de medallas dio para sufragar todos estos gastos,
enjugar el déficit de las arcas municipales, mejorar el alumbrado del pueblo, y
aún quedó un superávit para las fiestas de San Caracandiles en el
próximo año venidero.
Envidiosos los demás pueblos de la comarca, también compulsaron la
Historia y consiguieron, por igual procedimiento, sus correspondientes medallas
conmemorativas análogas a la del Pantierno, y esta práctica fué extendiéndose
tanto, que con el tiempo no sería extraño que viéramos aparecer la medalla de
las Almendras de Alcalá, la de los bizcochos de Calatayud y la de los chorizos
de Candelario.
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Hace dos años, en una gran recepción presentóse un joven luciendo gran
número de medallas: la del Pantierno y otras similares.
-¡Qué atrocidad! ¡Cuánta medalla! -exclamó uno.
-Treinta y seis; las he contado -añadió otro.
-Pero ¿ganadas las treinta y seis?
-Y bien ganadas.
-Es extraordinario, porque ese chico es muy joven.
-Diré a usted: digo ganadas porque, según se asegura, a ese joven le
concedieron una medalla; se fué a la ruleta, con tanta suerte, que puso la
medalla en un número y se tiró un pleno.