CHISTORREA EPIDÉMICA
Por MELITÓN GONZÁLEZ
Publicado en BLANCO
Y NEGRO MADRID 18-11-1917 página 21
FRAGMENTO de la comedia titulada Doña Sol de Abril y Mayo,
original de Adoquinio Iñiguez y Pesebrando Méndez.
La escena representa el viaducto de la calle de Segovia, en Madrid.
Anochece.
Una Señorita llega con paso precipitado, muy emocionada y
nerviosa, se acerca á la barandilla y mira, temerosa, á uno y otro lado. Un Caballero
muy elegante se acerca a la Señorita, y dice:
CABALLERO. -Señorita, en nombre de la ley, queda usted detenida.
SEÑORITA. ¿Por qué?
C. -Por intento de suicidio.
S. (Llorando) -No, señor; yo no iba á suicidarme.
C. -Iba usted á cometer un acto criminoso tirándose desde lo alto del
viaducto. Es inútil que lo niegue. Vengo siguiéndola desde el cementerio. Allí
ha pasado usted cerca de dos horas llorando amargamente, reclinada contra un
nicho, en cuya lápida se lee: Aquí yace Lino Tapia de la Huerta.
S. (Sin dejar de llorar.) -Sí, señor.
C. -Ha besado usted el epitafio. Ha extendido usted el brazo hacia el
nicho, en ademán de prometer algo bajo juramento, y ha salido usted de aquel
santo lugar con paso acelerado y como quien ha: tomado una resolución extrema,
cuya realización acabo de impedir.
S. -Y usted, ¿quién es para meterse en lo que no le importa?
C. -Soy... (Bajando la voz) Soy agente de Policía, honorario.
Puedo enseñarle mi carnet de identidad si lo duda.
S. Pues bien, sí; estoy desesperada y. quiero matarme.
C. -Haga usted el favor de seguirme á la Inspección.
S. ¡No, por Dios! (Sin moverse.)
C. -Procure tranquilizarse y reprimir el llanto para no llamar la
atención de los transeúntes.
S. No sé si podré. ¡Le amaba tanto!
C. -A Lino, ¿verdad?
S. Sí, señor, á Lino.
C. -La pérdida de un ser querido es motivo de aflicción; pero nunca para
desesperarse. de ese modo. ¿Quién no ha perdido un ser amado? Y, sin embargo,
ya ve usted, la reflexión, la conformidad, la resignación cristiana...
S. -Ya sé conoce que usted ignora cómo murió el pobre Lino; tal vez el
primero que muere de esa manera.
C.- ¿Alguna enfermedad nueva?
S. -Como enfermedad, no puede llamarse enfermedad: murió á causa de un
giro postal telegráfico.
C. ¿De un giro postal telegráfico?
S. -Como usted lo oye.
C. -Es curioso. Cuénteme cómo fué; se lo suplico.
S. ¿Para qué?
C. -Cuéntemelo; hágame ese favor, y se lo agradeceré.
S. -Le haré ese favor á cambio de otro. (Más tranquila.)
C- ¿Cuál?
S. -Que no me lleve á la Inspección.
C. -No he pensado nunca en eso. Si la amenacé con llevarla á la
Inspección, fué sólo para que no cometiera la majadería de atentar contra su
preciosa existencia.
S. (Después de un suspiro, que le sirve de antiespasmódico.) Pues
verá usted: mi padre está en la Compañía de maderas.
C. ¿Maderas? No conozco á ese actor. Debe de andar por provincias.
S. -No es compañía de teatro; me refiero á los grandes almacenes de
maderas de Pino, Castaño y Compañía. Como el sueldo de mi padre no és gran
cosa, yo también trabajo en mi profesión.
C. ¿Cómo se llama usted?
S. -Modesta.
C. ¿Su profesión?
S. -Modista.
C. ¿Por su cuenta?
S. -No, señor; para la gran tienda de confecciones de don Melanio Pol.
C- ¿Y la profesión de Lino Tapia?
S. -Linotipia.
C. -Adelante.
S. -Una tarde salimos de paseo por la carretera de Alcalá, y nos sentamos
en una cuneta, cuando unos obreros acababan de marcharse después de abrir un
hoyo en el suelo y de meter allí, derecho, un madero alto y redondo, que debió
de quedar mal sujeto á tierra, porque, á poco de estar nosotros hablando, el
madero cayó sobre la cabeza de Lino, que expiró en el acto. El Juzgado entendió
en el asunto, y, después de oir mi declaración y las de los hombres, que hablan
colocado el madero, dijo el juez: “Considerando que el madero de autos era un
poste destinado á la telegrafía; considerando que el referido poste giró sobre
su base; fallamos que la muerte de Lino Tapia de la Huerta fué causada por un
giro postal telegráfico.“
C. -Muy bien fallado. Ese juez era un erudito.
S. -Ya. ve usted qué muerte tan espantosa.
C. -Mire usted, señorita; yo también he ido al cementerio á rezar por una
mujer que amé con delirio: Casta. ¡Mi amada Casta! Hermosa, de ilustre
descendencia. Su madre era Bobadilla de segundo apellido, y su padre descendía,
en línea recta, de don Alberto de Lista, el célebre poeta y literato; de modo que
Casta tenía más de Lista que de Bobadilla. Ella se creía viuda. Tres años hacía
que su esposo embarcó para Chile, y nada se había vuelto á saber de él ni del
barco que lo conducía. Quisimos casarnos. El cura se negó mientras no se
comprobase la defunción del esposo. Acudí al Tribunal de la Rota con mi asunto,
y la Rota dijo que no tenía compostura. Casta era de carácter muy dulce, y lo
tomó con resignación. Decidimos esperar, y murió de un berrinche.
S. -¿De un berrinche, teniendo un carácter tan dulce?
C. -Así calificó el médico la enfermedad, y estaba en lo cierto, pues
Casta había fallecido de un atracón de berros.
S. -Lo que me parece impropio es que para ir á rezar al cementerio se
haya usted vestido tan elegante.
C. -Tiene su explicación: cuando me encuentro ante el sepulcro de Casta,
todos mis sentidos se reconcentran en él; el mundo entero se condensa en aquel
sepulcro, y parece que una voz misteriosa me repite: Sé pulcro...
Sepulcro... Por eso me he vestido con tanta pulcritud.
S. -Ahora comprendo.
C. -Me gusta ser considerado, no sólo con las personas, sino también con
los seres inanimados que me rodean; yo soy propietario de un extenso espartal
en la provincia de Zaragoza, y cuando llega la época de arrancar el esparto
para la fabricación de papel, me llevo un par de comadronas al espartal.
S. ¿Un par de comadronas?
C. -Sí, porque mientras se hace la recolección, no hago más que oir: Es
parto... Es parto... Tal vez crea usted que lo que le cuento son chuflas.
S. -No, señor; le creo á usted. Estoy convencida de que cuanto nos rodea
influye poderosamente en nuestra manera de ser: mire usted; el dueño del
establecimiento para donde trabajo...
C. -Melanio Pol. Le conozco.
S. -El modisto más fino y delicado que se ha conocido; como que no comía
más que bechamelas y fumaba hojas de rosa; pero estuvo un mes en Sebastopol, y
cambió por completo.
C. -No el motivo del cambio.
S. -Sí, porque estando en aquella ciudad, constantemente oía decir: Sé
basto, Pol... Sé basto, Pol... y volvió á Madrid comiendo mojama y
caracoles y mascando tabaco. En fin, yo misma: así que veo escamar un besugo,
me entra un sueño irresistible.
C. -No sabía yo que el besugo tuviese opio.
S. -Para mi, como si lo tuviera, porque cuando veo caer las escamas no
hago más que pensar: Es cama... Es cama... y me quedo dormida.
C. -Eso revela que tiene usted un alma sensible y delicada.
S. -Y usted también.
C. -No me extraña que Lino se enamorara de usted.
S. -Era muy bueno. Me llenaba de regalos. ¿Ve usted este traje de lana?
es de Lino. ¿Ve usted esta mantilla de seda? es de Lino también. Además, Lino
había estudiado música y compuso algunos bailables. En casa tengo una porción
de piezas de Lino.
C. -Yo también guardo algunos
recuerdos de aquella infeliz: tengo un gato de Angora, de Casta; un galgo, de
Casta, y otros animalitos, todos de Casta.
S. -Salud para llorarla. Quede con Dios, y dispense si, por mí, ha
faltado á sus deberes de policía honorario. (Medio mutis.)
C. -No he faltado á ellos. No soy tal policía. Soy un ciudadano que ha
cumplido con la obligación de evitar una desgracia.
S. -Adiós.
C. -Yo la acompañaré. Deseo saber dónde usted vive, y que mañana me
presente á sus padres. Usted y yo tenemos que ser amigos; es necesario que
tenga usted á su lado una persona que como yo, comprenda su dolor. Lino yace en
la mansión eterna. Allí, Lino, en nada le puede disminuir la aflicción,
mientras que si Lino estuviese aquí... á su lado...
S. -Naturalmente. Si Lino estuviese aquí...
C. -Pues, bien; yo soy, aquí, Lino.
S. -No estoy para bromas.
C. -Digo que yo soy Aquilino Pérez de Longares, estudiante de Derecho.
S. (Riendo.) Ah, es que se llama usted Aquilino. Tiene gracia.
C. Vamos á su casa?
S. -Vamos.
Por MELITÓN GONZÁLEZ